Nieve

Una amiga me pregunta ¿Cómo será la nieve? No me lo dice para que le responda, sólo lanza la pregunta al aire, como un suspiro.

Pienso y me quedo callado. No me atreví a contarle que ya tuve el privilegio de verla.

Para un cubano que ha vivido toda su vida en este calor, imaginarse la nieve tiene un halo místico que genera mucho interés y curiosidad. Por lo menos yo que crecí en las lomas, subiendo matas de mango, anoncillo y ciruela, corriendo por los trillos del monte, bañándome en el río y en el frío manantial que salía de la antigua mina de mi pueblo, siempre tejí mil ideas y fantasías sobre cómo sería la nieve.

Y es que nos pasamos la vida viéndola en muñequitos y películas, y se nos llena la cabeza de preguntas: ¿A qué sabrá? ¿Será tan fría que quema las manos? ¿Es como la escarcha del congelador? ¿Será como el algodón? ¿Cuándo cae es como si fuera lluvia? ¿Nevar allá es el equivalente de llover aquí? ¡Cuántas cosas quisiéramos saber! Y de tanto querer y no poder, ya se nos va pasando esa curiosidad, hasta que te llega la oportunidad y te encuentras frente a frente con la nieve.

Frente a frente con la nieve

Fue hace 4 años, había pasado ya un mes y medio en aquel frío país, en
invierno, y todavía no había caído nada de nieve para sorpresa de los lugareños. El cambio climático ese año estaba haciendo de las suyas. Algunos días eran soleados, con ese sol de adorno que no calienta como el nuestro, y yo tenía frío todo el tiempo, la temperatura rondaba siempre los 0 grados y más abajo, se congelaba hasta el agua de la gata, pero no nevaba.

Se congeló el agua de la gata.

Y una madrugada me despierto con la extraña sensación de que hay más luz de lo normal, un resplandor blanco entra por el cristal de la ventana del cuarto en el tercer piso, como si hubiera alguna iluminación extra en la calle, pero son las 3 de la madrugada y hace un friíto rico y no pretendo salir de la cama. Seguí durmiendo, pero con la duda de por qué con mis ojos emborronados por el sueño, me pareció ver un contorno blanco sobre las ramas de los árboles allá afuera.

Hielo sobre las ramas

Y a la mañana, la sorpresa. ¡No solo había nevado en la noche, si no que estaba nevando todavía! Y yo como un niño: salí descalzo a la terraza a mirarlo todo, a disfrutar la vista, era maravilloso, el paisaje había cambiado, parecían las imágenes de uno de esos cuentos de los libros o de una película, pero era real. Estaba allí y la podía tocar. Salí con mi cara de cumpleaños a recorrer el barrio, la toqué con las manos y me emocioné mucho, por la nieve, por mí, por los míos que estaban lejos donde hay sol y playa y matas de mango y ríos, pero no nieve, por eso tiré muchas fotos para ellos y ahora para  ustedes.

Cara de cumpleaños, recien despierto.
Descalzo a mirar la nieve
En las manos

Descubrí, y comparto con los que no lo saben, que la nieve no es siempre, que cae y luego puede que no caiga más en varios días, que cuando se derrite se ensucia con la tierra y se arma tremendo fanguero en la calle, que como hace mucho frío el agua que resulta de la nieve derretida se vuelve a congelar, pero en forma de hielo como una fina película sobre las aceras y las calles, y resbala muchísimo, y la gente se cae, y es peligroso, y cuando había nieve sentí menos frío que cuando no había.

Bien acompañado por la nieve

Y es que los que venimos del calor la vemos bonita siempre, pero para quien la tiene que soportar cada día puede ser un gran estorbo, algo similar a lo que nos pasa a nosotros con el sol insoportable o la lluvia impertinente de las tardes de verano que nos deja castigados dos horas en el trabajo o escampando en un portal.

En varias semanas, visité muchos espacios naturales donde nevaba, y me regocijé al máximo en cada experiencia, exploré bosques hermosos y densos, por senderos perdidos, donde la nieve no dejaba ver el camino. Manejé vehículos de nieve, encontré huellas de alce, caminé junto a un magnífico perro guardián, metí la mano en un lago casi a punto de congelarse para traer una piedra de recuerdo, fui a fiestas familiares donde los invitados dejaban el vino, los dulces y otras golosinas que traían, fuera de la casa para que se enfriaran.

Explorando
Hay algo ahí!

Así fue mi encuentro con la nieve, pero no le contesté a mi amiga, porque mis palabras no pueden responder a su pregunta, por más que me esfuerce no puedo describir cómo es, ni podré dar respuestas a sus muchas preguntas, sobre la textura, olor y sabor de la nieve. Para saber todo eso hay que tocarla y verla. Les dejo, a ustedes y a mi amiga, mi deseo más fuerte de que puedan algún día encontrarse con la nieve y vivir la experiencia ustedes mismos.

3 respuestas a “Nieve”

  1. Qué maravillosa historia! Solo tú tienes el don de escribir y trasmitir todas las emociones y la intensidad de lo vivído. Gracias por compartir las vivencias y hacerme pasar un rato con la nieve.

    TQM
    Yenys

  2. Qué hermosa crónica de nieve, digo, de viaje. MI amigo eres un extraordinario relator, tendrás que pensarlo más serio en escribir todas esas experiencias para los que no conocemos el otro lado del mundo. Un gran abrazo. Y ojalá se repita pronto tu encuentro con la nieve y otros caprichos de la naturaleza ajenos a nuestra cotidianidad

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